
Cada vez que en nuestro país cae un liderazgo criminal de alto perfil, como el que ocurrió recientemente, todo México entra en una fase de expectativa y de incertidumbre sobre lo que va a pasar después.
En el debate público comienza a especularse sobre posibles olas de violencia derivadas de disputas internas o de reacomodos de los grupos criminales; sin embargo, frente a todo ese ruido que se genera, surge una pregunta que nos hacemos desde lo local: ¿qué pasará en Yucatán?
Esa respuesta exige madurez y una lectura inteligente de lo que sucede en el entorno, porque sería un grave error asumir que nuestro estado enfrenta el mismo escenario que otros lugares del país. Aquí, el riesgo no se mide por la amenaza de que sucedan enfrentamientos armados visibles, sino por el riesgo de sobredimensionar el tema.
De hecho, los datos más recientes sobre el sentir ciudadano reportados por el INEGI envían una señal que debería hacer cambiar la conversación pública en nuestra región. Y es que el incremento de la percepción de inseguridad en Mérida, por ejemplo, no encuentra su raíz en la amenaza del crimen organizado, sino en un desgaste en la convivencia ciudadana diaria.
Son esas tensiones vecinales, las fricciones comunitarias y los conflictos cotidianos entre ciudadanos los que están minando la tranquilidad local. Pero, si este tejido social se debilita, la percepción de inseguridad seguirá creciendo de manera irremediable, aun cuando los indicadores delictivos de alto impacto se mantengan estables e, incluso, de manera paradójica, vayan a la baja.
Este diagnóstico es valioso porque nos recuerda que la seguridad que vivimos en Yucatán no ha descansado únicamente en la fuerza del Estado, sino, sobre todo, en la fortaleza de la sociedad. Es ese capital social basado en la confianza comunitaria y la cercanía institucional el que ha sido un verdadero escudo frente a las dinámicas criminales que han desbordado a otras entidades y regiones.
Claro que el complejo escenario nacional exige vigilancia y que no se trata de minimizar los riesgos a los que estamos expuestos. Debemos anticiparnos a posibles infiltraciones, al desplazamiento delictivo -efecto cucaracha- o a intentos de asentamientos silenciosos mediante el fortalecimiento de la inteligencia preventiva y financiera.
En tiempos de tormenta nacional, el liderazgo institucional demuestra su eficacia a través de la capacidad de anticipación y la serenidad. La fortaleza de Yucatán frente a un México que se reacomoda no radica en mimetizarse con el resto del país ni en importar temores ajenos.
Nuestro mayor acto de defensa es proteger y mantener la cohesión social y preservar el equilibrio que nos ha hecho distintos. Al final, la seguridad no se improvisa durante las crisis; se garantiza fortaleciendo la convivencia y cuidando lo que ya funciona.